01 junio 2007

Crónicas del fin del mundo (I)


Teoría y filosofía

No son pocas las ocasiones en las que sueño con el fin del mundo, ya sea porque este se ha ido literalmente al carajo, o porque está a punto. Son de mis mejores sueños, para qué negarlo. Nunca he ocultado que uno de mis mayores deseos sería poder presenciar el fin de este mundo antes de morir. Aunque tampoco estaría nada mal participar en él como ángel vengador tras mi muerte, por supuesto.

No existe en mi mente un mundo más paradisíaco que aquel que esté peladito de humanos. Una cantidad equivalente a todos los simios superiores (chimpancés, gorilas, oragutanes y bonobos) que quedan vivos en este planeta sería un justo número para la cantidad de humanos vivos que restasen tras una buena limpieza.

Hay quien me ha comentado que no serviría de nada, puesto que la humanidad volvería a caer en la espiral destructiva en la que se encuentra ahora, sea por naturaleza o por falta de medios de control. Sin embargo, no considero que el ser humano concreto sea un virus, sino la humanidad. Recordando el relato bíblico de la expulsión del paraíso, creo que existe un error bien gordo: Dios no expulsó a Adán y Eva del paraíso; huyeron ellos. Dios no castiga quitando libertad, sino que es el ser humano la especie más capaz de libertad de elección sobre sí mismo que existe. Prácticamente el único animal capaz de decidir si tener hijos o no y cuándo, comer por hambre o por gusto -o no comer-, ser adulto en la infancia o comportarse como un niño en la vejez, de practicar sexo tanto por reproducción como por placer y en el momento que le de la gana, e incluso decidir si conectarse a un respirador artificial o tirarse por un puente. Y sí, he seguido la secuencia nacer, alimentarse y crecer, reproducirse y morir, pudiendo elegir voluntariamente las condiciones de todas las partes. Por supuesto, con más o menos control dependiendo de las personas. Hay que tener en cuenta que la gran masa son simples borregos fáciles de manipular externamente, pero me atendré a las posibilidades potenciales de un ser humano medio tirando para arriba. Se puede argumentar que hay animales que se suicidan (chimpancés, por ejemplo), o que se declaran en huelga de hambre (un perro o un gato tristes), o que practican sexo por placer (sólo los bonobos y delfines en todo el reino animal, que se sepa), pero ninguno puede elegir la fecha de concepción de su futuro hijo, ni prueban a chupar de una teta cargada de leche con 30 años para ver a qué sabe, ni todas estas cosas y las anteriores a la vez.

Para no desviarme demasiado resumo: los humanos pueden decidir ser un virus, un parásito, un simbionte, un depredador o cualquier otra cosa, y eligió ser un virus. La destrucción de todo vestigio de raza humana excepto unos pocos probablemente pueda dar una nueva oportunidad a éste para elegir. Dados los conocimientos científicos que hemos adquirido hasta el momento, tenemos aún mayores posibilidades de convertirnos en un animal simbionte o como mucho un depredador. Es más, esto nunca se ha intentado antes. El relato bíblico del Diluvio Universal tiene otro fallo bien gordo: el Dios del Antiguo Testamento era un cobarde mariquita. Sólo destruyó la zona del golfo pérsico, dejando al resto del mundo intacto. Allí se gestó la civilización, pero también se corrompió probablemente por influencias externas. O quizás allí la humanidad decidió ser un virus. A saber.

Entonces, en conclusión, tenemos tres alternativas:


  • Permitir que la humanidad siga su curso tal como ahora, destruyendo el planeta, alargando cada vez más las distancias entre el primer y el cuarto mundo, agotando sus recursos, y acabar con toda posibilidad de continuidad de la especie puesto que a la larga es obvio que nos extinguiremos, a este paso. No hay más que mirar a los dinosaurios, que dominaron la Tierra hasta que cayeron. Y esta vez no serán un meteorito y posteriormente el aumento de la temperatura los desencadenantes que provocarán nuestra extinción, sino nuestra propia ansia de destrucción que está cambiando las condiciones del planeta por completo.
  • Destruir por completo todo vestigio de humanidad en la Tierra, y olvidarnos de que alguna vez estuvimos aquí, cosa impracticable puesto que es absolutamente imposible convencer(nos) a todos de suicidarnos
  • Destruir gran parte de la humanidad y conservar un pequeño número de ejemplares incorruptos que son, o al menos deberían ser, los que provocasen dicha extinción masiva (uy, qué genocidas  ). El elegir a quiénes lo dejo en manos (una vez más, como cuando hablé de los sistemas políticos humanos) de un superordenador. Una vez conseguido esto, reiniciar el ciclo evolutivo con una estrategia distinta que nos permita compartir nicho ecológico con el resto de especies y con nosotros mismos, sin tener que ir autodestruyéndonos y con ello llevándonos por delante todo bicho viviente que se nos interponga.


En el próximo “capítulo” explicaré un poco las formas de hacer esto último…